Resonancias del Camino

JUAN ZORRILLA DE SAN MARTIN










RESONANCIAS

DEL

CAMINO









IMPRENTA NACIONAL COLORADA
JUAN CARLOS GOMEZ, 1223
Montevideo
MCMXXX








Tomo 2. Paginas 109 a 118. 

San Pedro

(VALLE DE SOBA)


Te escribo, al fin, desde este valle de Soba; desde elvalle paterno que tanto he deseado conocer.
¡Pobre pequeño valle de mis abuelos!
¡Patria hermosa de mi padre a quien ayer no más dejé en su sepulcro en nuestra tierra! Esta fue tan suya como hoy siento que es miá la que piso, en que el buen viejo querido vio la primera luz: allí en aquella antiquísima y casi ruinosa casa de piedra que estoy mirando como a un santuario.
Le he traído sus nietos a su tierra; cumplo una promesa. Los he traido para que conozcan, y amen y recuerden siempre la aldea de su honrado abuelo.
También a eso he venido yo como en peregrinación. Esta carta yo se la hubiera escrito a él. ¡Con qué gusto la hubiera leído! ¡Hubiera llorado! ¡Qué le hemos de hacer!
Desde el sitio en que te escribo, estoy viendo a Alejandro y Juan Carlos, con sus boinas de lana azul, mezclados a otros niños de la aldea, correr tras unas cabras bajo el castaño secular a cuya sombra jugó niño mi padre; al lado de la pequeña iglesia en que se bautizó y en que están enterrados mis abuelos de varias generaciones.
¡Si vieras qué raros son los pensamientos que todo esto me sugiere!
Pero te haré merced de ellos: están tan adentro, que el exprimirlos ahora sería largo y fuera de sazón; acaso se irán diluyendo en lo que te vaya escribiendo, sin yo proponérmelo. Los hondos afectos son como la luz de la aurora: no toman forma repentina: van poco a poco inoculándose en el ambiente en que flota la frase y aclarándolo. La expresión más ingenua tiene entonces cierta luz vaga y casi imperceptible que la forma nimbo y la compenetra.
Yo quisiera decirte mucho, hablándote muy poco.
Vamos, pues, a mi propósito: de Laredo a Soba.
El fuerte chaparrón que nos sorprendió cuando te dejé en Laredo, con ser tan estrepitoso, no había caído más allá de Colindres.
Dejamos, pues, la costa del Cantábrico con un precioso día, y nos ínternamos en busca del valle paterno, atravesando el territorio montañés que es un encanto. La monta"a, llena de vegetación hasta la cumbre, queda a nuestra izquierda; el río Asón, hermano del de Soba, que viene hacia nosotros desde el valle paterno, corre a la derecha, allá en el fondo del barranco que han cortado verticalmente para formar, entre el río y la monta a, la magnífica carretera en que rueda nuestro coche. Enfrente, montañas que ya convergen, ya se separan para hacer aparecer las que vienen detrás ; ya se interrumpen bruscamente al llegar al rio, ya se encogen poco a poco para llegar hasta él en blando declive de un verde esmeralda.
Han pasado los paisajes de alegres montañas que tú viste, cuando veníamos de Madrid, desde Reinosa hasta Santander, y, sobre todo, desde Santander, por la costa Cantábrica, hasta Laredo: esa es la sonrisa que la montaña envía al mar al bajar a la playa. Han pasado los bosques de robles y cajigas y castaños y avellanos, y comienzan los más obscuros de encinas y de hayas.
Las montañas se elevan; y, detrás de las vestidas de verde, empiezan ya a presentarse las otras más altas, las monta as calvas de cabezas de piedra gris con grietas negruzcas y con sus hales de niebla atravesados en las frentes azuladas.
-Por allá está Soba, me dice nuestro amigo Terreros. ¿Ve usted aquella punta que se ve a lo lejos? Es el Mazo de San Pedro: a su pie está la aldea.
Vamos atravesando algunos pueblecitos, en extremo pintorescos y llenos de carácter, con sus casones antiguos de amplia solana y portalada ostentosa, en la clave de cuyos arcos de sillares obscuros el escudo señorial ennegrecido por el tiempo, con su casco y cimera de plumas de piedra, presenta sus cuarteles heráldicos llenos de símbolos y empresas. A su lado está la casita humilde con su establo en el piso bajo, su solana de pilares de madera, y el grupo de la familia bajo el cobertizo.
Salen del establo algunos cerdos abanicándose el hocico con las lacias orejas que les ocultan los ojos, hozando y gruñendo, perseguidos por un chiquillo que los hostiga; picotean las gallinas en los montones de basura, mientras sacude el gallo las alas y se empina alargando el cuerpo, disponiéndose con altivez a cantar; y corren desaforados los perros hasta la mitad de la carretera, en que se detienen como si tropezaran en sus patas delanteras extendidas y crispadas, ladrando furiosamente al montañés que pasa con su cuévano a la espalda o su dalle al hombro, mirándolos de soslayo sin interrumpir su camino.
-Detengámonos aquí un momento, me dice mi compañero; ahí, en el borde de esa hondonada. Esas dos montañas que están frente a nosotros y que casi se juntan formando una estrecha garganta, son las dos columnas de las puertas de nuestro valle. Ahí lo tiene usted. Aquel peque o caserío de allá arriba, es Incedo, el primer pueblo de Soba.
Llegamos a Rozas, o, más bien, al pie del cerro en que el pueblecito está trepado como un águila blanca. Alli nos esperaba la pobre Felisa, mi prima hermana a quien tú conociste con sus hijitos en Montevideo, cuando su marido trabajaba en el campo de mi padre. Se entrega a las mayores demostraciones de cariño; bruscamente y llorando, me dice que todos sus hijos han muerto: te recuerda a ti, a Elvira, a mi padre. ¡Pobre Felisa! Es una alma buena.
--Ahora estoy sola, me dice; mis hijitos están en el cielo. ¿Sabes que todos se me murieron?
--Sí, hija, sí: adiós. Vamos a San Pedro, al pueblo de mi padre: allá nos veremos mañana.
Y llegamos a Regules al pie de la última montaña, en cuya abrupta cima está San Pedro y, detrás, San Martín, el solar de mis abuelos.
Tres caballos están prontos para trepar; nuestro amigo Gutiérrez los tiene allí dispuestos, y será nuestro compañero y guía: somos sus huéspedes en San Pedro. Monto yo el uno, ocupa Gutiérrez el otro, y Alejandro y Juan Carlos van en el tercero. Alejandro va adelante; Juan Carlos se agarra a él detrás. Van más contentos que unas Pascuas.
¡Y eche usted cerros, y peñas, y lajas resbaladizas, y escalones toscos, lavados y removidos por las lluvias, y senderos estrechos y empinados y ásperos! Es necesario agarrarse a la crin del caballo, el que, a su vez, sube fijando el casco en las grietas de la roca o suturas de las lajas que busca con inteligente cuidado, ya a un lado ya al otro del estrecho atajo; ya haciendo rozar nuestras piernas en los arbustos del borde de éste, ya apoyándose bruscamente en sus patas traseras e impulsando su cuerpo hacia arriba, para salvar un tosco escalón. Un muchacho tira de la brida de la caballería en que van acurrucados y agarrados fuertemente mis dos hijos que ríen con risa ya no del todo franca, al sentirse sacudidos más violentamente de lo que suponían; dos hombres llevan en cuévanos nuestras maletas.
La tarde va cayendo: las montañas comienzan a envolverse en sus vapores grises en primer término, y casi violetas más allá. Parece que lanaturaleza cierra lentamente los ojos con unasonrisa triste. Los arbustos del borde del camino y las rocas van apareciendo casi repentinamente al llegar a ellos, como si les interrumpiéramos el sueño. Todos seguimos silenciosos uno detrás del otro: el atajo es muy estrecho. Hasta mis muchachos se han callado, y ya nada preguntan sobre lo que ven a un lado y a otro medio esfumado. Un eco dulce salido de entre los cerros inmediatos llega a mis oídos: pocas veces una campana me ha producido un efecto semejante. No había duda: aquella era una campana echada a vuelo: no era la lenta melodía del Angelus: su sonido era prolongado, alegre; no tenía la melancolía de la campana aislada que parece deleitarse en dejar morir el eco con ago nía larga, y en sentirlo hundirse en la distancia como en un sepulcro. Aquellas campanas reían: sus notas se atropellaban como las de una carcajada. Me pareció, al sentirlas en medio de aquella tristeza azulada de las montañas dormidas, la risa de un niño en medio al silencio de una familia de luto.
¿Eran aquéllas las campanas de San Pedro, el pueblecito paterno? ¿Por qué reían así, en vez de rezar, si era la hora del Angelus? ¿Reían acaso conmigo las buenas campanas de la montaña? Yo empecé a presumirlo; más aun: estaba seguro; las entendía.
-¿ Qué campana es esa?
-Son las de San Pedro.
-¿Y a qué tocan?
-¡ Oh! Los pobres de la aldea no tienen otro modo de manifestar su alegría al recibir a las personas que quieren. Esas campanas lo reciben a usted. Mire usted además hacia adelante: el pueblo sale a su encuentro.
Como de sorpresa, efectivamente, pues no lo había visto a causa del gris crepuscular que todo lo envolvía, me encontré con un grupo de hombres casi a mi lado. Era un grupo de labradores que, con el dalle al hombro, bajaban entre los riscos a mi encuentro, de vuelta de la faena del dia. Un momento después, yo me arrojaba entre ellos de mi caballo, y estrechaba sus manos callosas entre las mías, sintiendo en los ojos el agrio de mis lágrimas.
Más allá estaba otro grupo: el cura párroco, los vecinos, las mujeres, los niños. Estos últimos, al verme abrazar por sus padres, que me saludaban a gritos, pronunciando su apellido, el mismo mio, prorrumpían en ¡vivas! clamorosos, cuyas notas, unidas a las de las campanas que seguían volteando como locas, formaban un acorde infantil y sagrado.
¡La canción del regreso! Yo no llegaba por primera vez a aquel valle que por primera vez pisaba; yo regresaba a él. Mi padre habia salido de alli casi niño, hacia sesenta años: yo regresaba con mis hijos, con los nietos uruguayos del noble viejo montañés de larga barba blanca como la nieve de estas montañas, no más blanca, por cierto, que su conciencia de hombre de bien.
¡Bendita sea su memoria!
Todos sabían que yo pensaba entonces en mi padre; y, aunque ya era casi de noche, y no se veian bien las caras, todos sabían que yo no hablaba porque tenía que llorar.
Besé a algunas niñas que salieron tímidamente a mi encuentro, mientras que los demás seguían aclamando como grillos, al son de las campanas; tomé a una de aquéllas de la mano, a uno de mis hijos de la otra, y subi la cuesta pedregosa en cuya cima blanqueaban entre los árboles las casitas de la aldea, y se proyectaba, sobre un fondo de altisimas montañas, la sonora torrecita cuadrada de la iglesia.
Las campanas se han callado; mis hijos duermen; yo, desde la alta ventana de mi habitación, miro hacia afuera: las montañas están allí al lado de la aldea, durmiendo también, enormes, amontonadas. Me parecían aquellas olas grandes del mar que, al través del grueso y redondo cristal del ventanillo de nuestro camarote, veíamos hincharse al lado de nuestro barco para meterse debajo de él y levantarlo en su lomo obscuro; se me ocurría también que las montañas eran un montón de cosas colosales y con puntas, tapadas con un inmenso encerado.
Las estrellas, al lado de esas moles, son chispas. La aldea está situada en una eminencia. Entre ésta y las montañas que la circundan hay una hondura ; allá abajo todo está obscuro; parece más hondo que lo de arriba. Pienso que si una montaña de esas que están ahi dormidas se arrojara en esa sima que veo llena de tinieblas a mi lado, se hundiría y desaparecería como una piedra lanzada al mar; no volvería a saberse de ella: las sombras se la tragarían, y ni siquiera avanzarían las tinieblas de su actual orilla. El mundo está callado como un muerto: las altas horas pasan silenciosas sobre él.
Hasta mañana.